Llegué a Montessori convencido que su línea metodológica iba acorde a las verdaderas necesidades del ser humano; me cautivaron sus lecturas y me hicieron seguir el ser consciente que es posible transformar el mundo en que vivimos. Sentí en ese momento que había encontrado la solución a los problemas del mundo ¡Eureka!; sentí que la solución no era otra que educar de otra manera, así de simple. Lo que no sabía era el calado social que tiene haber sido educados en el miedo. Miedo, que de adultos ha creado en nosotros una resistencia al cambio terrible responsable de la venda en los ojos que nos ponemos a diario a conciencia para no querer ver la realidad en la que vivimos.

Desde ese momento, he vivido entusiasmado con la creencia clara de que tenía, o más bien era mi deber, explicar a la sociedad en la que vivo que ese mundo diferente repleto de valores acordes con el ser humano es una posibilidad muy real si se establecen proyectos educativos más en consonancia con el ser humano y sus necesidades que con el sistema y sus miserables intereses. En otras palabras, que ese mundo diferente que tanto anhelas es posible. Lo que no imaginaba entonces era la ferocidad con la que el sistema te agarra y te “acaba convenciendo” para que te unas a él, “entres en su juego” y acabes olvidando aquellos principios que te llevaron un día a querer ser docente.

“Ningún adulto puede convertirse en un maestro de amor sin un esfuerzo especial, sin abrir los ojos de su conciencia para poder ver un mundo más vasto que el suyo propio”

María Montessori

Ha formado parte de mi rutina vivir experiencias donde los más miedosos han hecho “más ruido” que quienes estaban dispuestos a avanzar. Lo he vivido en todos los niveles académicos, en la Escuela, el Instituto y la Universidad; donde los intereses miserables de los adultos han prevalecido en porcentajes escandalosos ante los verdaderos intereses de los niños; he sentido el silencio destructor de quienes callan por no decir verdades “como puños” a sus compañeros que nunca han sentido la vocación del educador; me he planteado si  ese comentario que tanto decimos los adultos de que vivimos en una “sociedad tan injusta” es más bien una realidad que nos merecemos, dados los acontecimientos y esa “realidad” que realmente tenemos, que nosotros hemos construido y construimos día a día y de la que cuando hablamos con el prójimo parece que nos sentimos avergonzados de ella como si “con nosotros no fuera la cosa”, creyéndonos y justificándonos en la vaga creencia de que “no podemos hacer nada”; he dudado ante la realidad de lo que llamamos educación, pues más bien, tal y como está mayoritariamente planteada, la deberíamos llamar un adoctrinamiento causante principal de todas las “batallas” adultas; he sentido la sorpresa que supone el ir a una escuela a hablar de educación y acabar sintiendo que he molestado cuando nos hemos adentrado en todo lo que subyace dentro de las cloacas de un sistema educativo y sus intereses; siento a diario como revolotean en mi cabeza los fantasmas de estar viviendo una mentira de vida sustentada en una educación dirigida que únicamente nos conduce a reproducir sistemas y modelos fracasados. Pero me esperanza saber que todo esto tiene solución: si no sientes la vocación de la docencia, déjalo; si eres un responsable político al que han puesto en educación porque no había otro lugar para seguir “trepando”, sería muy honesto por tu parte que si no entiendes de “que va este tema” no elijas ese cargo. Hay compañeros que trabajan junto a vosotros a diario que nunca os lo van a decir “a la cara”, que sabéis que se “dejan la vida” a diario por desempeñar su labor, que la viven y que la sienten y que lo último que necesitan es más piedras en este camino. Por su bien, por vuestra salud y bienestar, pero sobre todo por los niños que no tienen culpa alguna, si no lo sientes, vete.

 

“Educar a los niños y no será necesario castigar a los hombres”

Pitágoras

Señoras y señores, esa utopía de un mundo más humano es posible si somos capaces de educar desde la infancia a niñas y niños respetándolos como seres humanos y haciéndoles partícipes de su autoconstrucción. No es ninguna quimera. El problema no lo tienen los niños, lo tenemos los adultos. Espero, que algún día, seamos verdaderamente conscientes de que los que tienen que ir a la escuela somos los adultos, que los niños no diferencian si una persona es cristiano a musulmán; si es rico a pobre; si es africano o americano; si es de izquierdas o de derechas o si el planeta que todos compartimos está dividido en países y banderas…Todas esas diferencias, todos esos problemas, los tenemos los adultos, los hemos creado nosotros, fruto de una educación que nos ha adoctrinado a conciencia y de una manera más que ruin para que de adultos nos creamos eso de que hay seres humanos de 1ª, 2ª o 3ª. Y ese adoctrinamiento es a lo que a día de hoy seguimos llamándolo educación. Educación, del latín “educere”, significa “sacar o extraer” lo que un individuo lleva dentro, en ningún momento su significado se refiere a “introducir” en el individuo aquellos conocimientos que interesadamente el sistema quiere que sepas.

 

Llegado a este punto, hay una lógica humana que nos hace seguir caminando, y es la de no estar dispuestos a que la rabia y resistencia al cambio de los más cobardes jodan la entrega de aquellos quienes pretendemos seguir caminando. Más que por nosotros, por los niños, que no tienen culpa alguna de encontrarse a diario con un adulto resignado que no merecen. No es justo, ni lógico, que los que nunca debieron cruzar la puerta de una escuela para desempeñar la labor de la docencia o para dirigirla políticamente, aquellos quienes nunca sintieron esta vocación, sean los que dominan el día a día con sus miedosas conductas. Que sepan, que estamos dispuestos a pasarnos toda la vida pidiendo perdón por estar intentando educar desde el amor como objetivo primordial, pero que nunca les vamos a pedir permiso, ni a ellos, ni a esta sociedad miedosa, enferma y ficticia en la que vivimos, por querer hacerlo de esta manera tan lógica y humana, por sentir la vocación del docente, la más noble de todas las profesiones, la encargada de custodiar la llama de la vida.