A los adultos “se nos llena la boca” cuando hablamos de la educación en valores que realizamos en la escuela o en la familia, pero poco nos planteamos que, quizás, algo no estaremos haciendo tan bien cuando la sociedad continúa con los mismos problemas desde hace décadas. La educación no necesita únicamente un cambio de metodología, no necesita únicamente cambiar el timbre de la entrada por música celestial o hablar de educación emocional cuando se sigue educando con premios y castigos. La educación necesita una verdadera revolución, una nueva mirada del adulto al niño, un verdadero cambio en cuanto al paradigma educativo.

Hace unas semanas, la escuela realizaba “las temidas” pruebas de diagnóstico a los alumnos de primaria donde, supuestamente, el sistema educativo “calibra el nivel de adquisición de competencias” de sus alumnos. Dentro de pocas semanas, la misma escuela entregará a sus alumnos un injusto boletín de notas que le dirá a los niños si todo el aprendizaje “adquirido” a lo largo del curso escolar vale un 4, un 7 o un 10.

Ante esta realidad, hoy me pregunto cómo el sistema educativo es capaz de cuantificar, medir o evaluar a las niñas y niños que cada uno de los días que han ido al cole han dado los buenos días como gesto de cortesía y se han despedido deseándole a sus compañeros y adultos que tengan una feliz tarde o un feliz fin de semana; a los que han adquirido el gesto cortés de pedir las cosas por favor cada vez que ha necesitado algo y han dado las gracias cada vez que ha recibido lo solicitado; Cómo se puntúa el respeto a sus compañeros y a los adultos que lo acompañan, o que ante un conflicto hayan utilizado siempre el diálogo para llegar a la mejor solución posible; el que hayan hecho nuevos amigos, hayan cantado, bailado, reído, se hayan enfadado y sorprendido o hayan llorado cuando así lo ha sentido.

Me surge la duda si el sistema es capaz de “calificar” a los niños felices; a los que, de una manera totalmente espontánea, reparten besos y abrazos con quien tienen alrededor cada vez que así lo sienten; a los que respetan el material del cole conscientes que es un bien que pertenece a todos, y que todos tenemos que cuidar; a los que expresan generosidad cada vez que deciden compartir experiencias vividas o traer de casa aquellas cosas que más quieren para compartirlas con sus compañeros; o cómo “mide” algo tan importante para el individuo como “trabajar duro” por mantener su expresión natural de autenticidad, mostrándose cómo es realmente y no cómo otros desearían que fuera.

Si un sistema educativo da más importancia a materias o contenidos técnicos, tales como las asignaturas que conocemos “de toda la vida”, es un claro ejemplo de que la escuela tiene el mínimo interés en educar en valores y el máximo interés en preparar ciudadanos para formar parte de una cadena de montaje basada en principios caducos hoy en día como son los de la industrialización. No nos educan para vivir, nos educan para ganarnos la vida, y hasta que los adultos no seamos conscientes de la dimensión real que esto tiene en la escuela de hoy, ni la educación ni las sociedades en que vivimos van a cambiar tal y como pretendemos en nuestro “imaginario colectivo”.

Hay asignaturas que te preparan para conseguir un trabajo; y las hay también que te preparan para la vida. Las “asignaturas invisibles”, aquellas cuyos resultados “no se ven” a corto plazo, que forman la personalidad y hacen a un ser humano digno, son una verdadera educación en valores, tan necesarias en la sociedad de nuestros días.