Hace un tiempo escuché “a un sabio” decir que “urge a la sociedad crear una nueva profesión, y que esta sea la de pensadores”. Personas sabias, no en la acumulación de títulos sino más bien en la acumulación de conocimiento y experiencias que, consensuado por la sociedad, pudieran aportar sabio y necesario conocimiento a las sociedades en que vivimos.

Pero más bien, la sociedad en que vivimos ha decidido transitar por el camino opuesto. Vivimos en una sociedad líquida y carente de compromiso alguno, que cree más conveniente que hoy tengan más cabida cantidad de personas bajo los seudónimos de “influencers”, “youtubers”, “referentes” o “instagrames”, en vez de centrar sus objetivos en personas que de verdad pudieran significar algo para un amplio conjunto de la sociedad.

No es casualidad. La humanidad hace tiempo que confunde el progreso con los atajos; prefiere llegar pronto y mal, a ser constante y conseguir algo positivo a largo plazo pero que de verdad resulte significativo. Pero esto es algo muy curioso. Quien más quien menos, sabe la realidad que se esconde detrás de un “influencer”. Una vida de mentira y programada, repleta de “falso éxito y felicidad por los cuatro costados”. Digo “resulta curioso” porque, aún a sabiendas que es así, a algunos “se les cae la baba” imaginando algún día poder formar parte de esa mentira de experiencia de vida.

El mundo de la educación no es ajeno a este fenómeno, y bajo el seudónimo de “influencers educativos” (para mí algunos son “charlatanes educativos”), se esconden perfiles de personas que, apenas si pueden demostrar trabajo en la escuela o con niños, y que llenan sus perfiles sociales de “likes” hablando sobre cómo tienen que educar a los que día a día “se parten la cara” dentro de un aula con un grupo de 25 o 30 niñas y niños. Lo peor de todo es que ese mensaje acaba calando en la sociedad y en el docente comienza a imperar una presión fruto de una falsa realidad inventada para “vender más” o “posicionarse mejor”.

El “mundo Montessori” tampoco es ajeno a esta “moda”. Bajo el nombre Montessori, ya se editan libros de diferente índole: cómo trabajar las emociones “según el método Montessori”; calendarios “al estilo Montessori”; cuentos “al estilo Montessori”; cuadernillos de trabajo para el verano “al estilo Montessori”, etc, etc, etc. Imagino que pronto aparecerá “alguna iluminada” con la ingeniosa idea de “cómo tener un hijo al estilo Montessori” (permítanme esta pequeña ironía). Todo parece valer hoy en día si a cambió consigo algún “like” extra. Hoy, algunas personas y de manera muy interesada, han descubierto que sustituir la palabra “sentido común” por “Montessori” da mucha más rentabilidad y “prestigio personal”.

“Comienza a florecer” una generación que ya no se compromete con nada; que, en vez de mirar a largo plazo, prefiere, con una “inmensa alegría” además, deshacerse de todo lo que le rodea, descartar lo que tiene y “arrojarlo al cubo de la basura” con una pasión desbordada “pase lo que pase”. Nuestra generación, sumida en el caos del “fast life” ya no disfruta quizás tanto con la acumulación de cosas, sino más bien por el breve disfrute de esas cosas. Esto, para la educación es una enorme contradicción y un gravísimo problema, pues si de algo necesita una buena educación es de calma, tiempo y respeto de los ritmos del desarrollo humano.

Los “magos” de Silicon Valley “juegan” a principios del S.XXI  a arrebatar la identidad de los seres humanos. Los humanos tenemos todas las herramientas y la información para razonar más y mejor, pero no lo hacemos. A cambio, triunfan la política identitaria, el resentimiento, el egoísmo nacional y la xenofobia más irracional. Hay “gentes” muy inteligentes empeñadas en explotar a “otras gentes” y, tarde o temprano, el resto de la humanidad tendrá que unir sus fuerzas para acabar con tanta manipulación interesada. Es una manipulación malvada que convierte a la gente en criaturas sensoriales, adictas y yonquis de la información, que necesitan la siguiente dosis y que son vulnerables y por lo tanto manipulables.

Sabemos lo que está sucediendo. Pero para afrontar estos nuevos retos humanos hace falta una mente muy distinta, que no piense únicamente en prosperidad y que sea capaz de parar y mirar qué sucede hoy además de manera digna y responsable. Este es el verdadero reto de la educación y mal vamos si encomendamos esta tarea a “humanos virtuales” sonrientes después de dos horas preparando una foto para que creas que “forma parte de su vida”.

“Bloggers”, “instagramers”, “influencers”, (y derivados), todos relacionados con el mundo de la crianza, la educación y Montessori en particular, se “avecinan tiempos” donde el nombre Montessori se empezará a relacionar con “posibilidades” para “darse a conocer”. Espero y deseo que ninguno formemos parte del “circo mercantil”, de la tan “ansiada fama efímera” y la venta “a costa de lo que sea”, porque estaremos destruyendo una metodología educativa acompañada de una filosofía de vida tan necesaria hoy en día en el mundo en que vivimos. La fugacidad y volatilidad de las redes sociales son poco compatibles con el compromiso que requiere Montessori como una filosofía de vida. Si queréis de verdad conocer el método Montessori debéis leer a María Montessori. Así de claro.