Caras tristes, llantos, denuncia, desesperación, ansiedad…y sobre todo dudas, muchas dudas. Este es el resultado, convocatoria tras convocatoria, del concurso oposición al cuerpo de maestros. Nunca entenderé como, entre “colegas” de profesión, se puede vejar de esta manera a los que, a la postre, acabarán formando parte del cuerpo de maestros.

Las oposiciones al cuerpo de maestros es un proceso digno de estudio. Un proceso indigno para el aspirante desde hace años, un auténtico “cachondeo silenciado”. Un proceso donde, “supuestamente”, se deben seleccionar a las personas que acabarán convirtiéndose en, nada más y nada menos que los responsables de educar a una sociedad, acaba convirtiéndose en un auténtico “cachondeo” donde el “mamoneo” o el “ninguneo” acaba siendo, tristemente, el principal protagonista. Lo peor de todo esto, es que esas “vejaciones” acaban realizándose entre “colegas de profesión”.

Es curioso ver como en este proceso se desenmascara la verdadera y miserable intención del sistema educativo. Lo que menos importa es la educación; los que menos importan son los niños; lo que menos importa en seleccionar a aquellos más capacitados para forjar a través de la educación los pilares de una sociedad; lo que menos importa es educar. Hay quienes no lo quieren ver; los hay quienes “lo vimos venir” y dijimos “una y no más mientras pueda”; y los hay quienes, una vez han pasado el proceso y consiguen su ansiada plaza, “si te he visto no me acuerdo”. No voy a utilizar este texto para “echar piedras de nuestro propio tejado”, no lo voy a hacer. Pero sí que lo quiero utilizar para ser uno más de los que dicen ¡basta ya! a un proceso de selección al cuerpo de maestros indignos e irrespetuoso con sus aspirantes. Y, sobre todo, decir ¡basta ya! a tanto docente déspota. Hacen falta más compañeros que colegas de profesión. Parece que hablar de “ciertas realidades” no es del gusto de todos, pero “o nos ponemos las pilas” o mucho me temo que seremos una nueva generación de adultos con las mismas miserias que años atrás criticábamos en “nuestros años de compromiso”, convencidos que algún día nos tocaría a nosotros “cambiar el mundo”. Ese día ha llegado compañeras y compañeros, ahora “solo” hace falta valentía y materializar aquellos ideales que tan claros teníamos cuando todavía no habíamos sido atraídos por “las mieles del sistema”.

Entre las quejas más destacables sobre el concurso oposición realizado hace apenas unas semanas, podemos ver casos “surrealistas” del tipo de que hay opositores que no entienden los criterios de evaluación; los hay quienes por la mañana están aprobados y por la tarde sale una resolución que dice que están suspendidos; hay opositores a los que les hacen copiar el enunciado de la pregunta en mayúsculas, a otros en minúsculas y a otros que no hace falta que lo copien; hay opositores a los que les cambian el nombre en su examen y le asignan su nota a otro compañero, etc, etc, etc. Si, aunque te parezca muy de “ciencia ficción”, todo lo anteriormente escrito es verídico.

Pero tranquilos, que para los responsables políticos “no pasa nada. Todo el proceso se está desarrollando con normalidad”. Ya sabes que para ellos “normalidad” es lo que tú entiendes como “indignante”.  Una administración pública de estas características nunca podrá garantizar una escuela sana.

Y así fueron y así seguirán siendo mientras no exista una unión real por parte de los docentes. Por mucho que nos cueste reconocerlo, no somos una alternativa al sistema; no estamos preparados para sentar las bases de una nueva sociedad. Con actitudes tan irresponsables como estas, nos convertimos en aliados directos de un sistema enfermo y “nos comprometemos” a seguir sus reglas y a ser, desde este momento, en simples transmisores de sus miserables intenciones.  Si nosotros no somos capaces de dignificar la profesión, nadie lo va a hacer por nosotros. Porque si somos capaces de obviar tanta injusticia simplemente “porque yo me he salvado y he pasado el proceso”, menudo ejemplo estamos dando a la educación nada más llegados a la misma. No pasa nada, unos meses más tarde exigiremos en la escuela a nuestros alumnos una educación en valores, “porque los valores es lo más importante para las personas y para vivir dignamente”. Demagogia pura.

Existe un gran problema que muy pocos quieren ver. Es curioso como una escuela enferma busca luego “metodologías sanadoras” o aulas “multidigitales” que les faciliten la tan ansiada “varita mágica” para solucionar todos sus problemas. Pero la escuela, “muy orgullosa”, no es capaz de mirar dentro y darse cuenta así que tiene un vicio orgánico desde hace muchísimos años que necesita de una auténtica revolución para poder ser una escuela de verdad.

Una oposición al cuerpo de Maestros no puede basarse en pruebas donde prime más conocimientos memorizados que habilidades que tengas como persona encargada de custodiar lo más noble de una sociedad, que es su infancia. Entenderás ahora mejor por qué nunca en este proceso de oposiciones no te van a exigir que acredites habilidades de trabajo con niños. Lo único que te requiere el proceso es que memorices muy bien una serie de temas, que los “vomites” en un examen y que posteriormente defiendas una programación que nunca has aplicado con niños pero que tiene que convencer a un grupo de adultos. Y luego, “reza” porque “no te toque la injusticia”.

La escuela debe ser el epicentro de una sociedad que se hace responsable de cada uno de los niños y niñas. Porque la educación debe servir para empoderar a estos últimos, para que sean personas autónomas y con una vida plena. Debemos empezar por repensar la estructura de la escuela pública, la formación y selección de los maestros, así como los indicadores que tiene la administración pública. En definitiva, replantearnos la idea que tenemos de escuela. La educación de todos y la forma en que se hace no solo afecta a unos pocos, afecta al conjunto de la sociedad. Una escuela enferma produce individuos que formarán parte de una sociedad enferma. Solo en nuestras manos está no seguir reproduciendo este patrón.