Entran dos adultos a nuestro ambiente preparado, ajenos a nuestro proyecto, y nos preguntan que cómo es posible que los materiales continúen cada uno en su lugar si se acaban de marchar las niñas y niños de la escuela. Que “ya veríamos si estuviesen aquí sus hijos o sus amigos”, nos advierten.

Le damos una respuesta rápida. Rápida si, pero creo que acertada (el tiempo es oro en estos casos). Les decimos que en niñas y niños de estas edades (a partir de 3 años), hay que comenzar por aspectos educativos que el adulto “hace tiempo perdió de vista” o dejó de interesarse por ellos, y que la escuela, sumida en el afán competitivo “fiel sirviente” del sistema, parece “no tener tiempo” para estas “cosas pequeñas tan insignificante para el mercado productivo”. Son esas cosas a las que ya “no hacemos caso” y que, pasados unos años, echamos de menos no haberlas trabajado en su momento porque “es que ahora mi hijo es un desastre”.

Es lo que en Montessori se conocen como ejercicios preliminares. Son esos trabajos que no son aprender ni a leer ni a escribir; tampoco es conocer los colores en inglés y francés (porque claro, es que con 3 años es vital saber esto); ni tampoco saber recitar los números del 1 al 9 y si es posible los romanos también (así “me enorgullezco” bien pronto de que “mi hijo lleva camino de ser un superdotado”. Miserias adultas.

Hablamos de “cosas tan simples” como saber mover una silla sin arrastrarla o de hacer lo mismo con una mesa; de saber que pueden trabajar con todos los materiales del ambiente que conocen, y que estos, se cogen de la estantería y una vez terminado el trabajo se regresan al mismo lugar; de que se puede hablar en el ambiente pero en un tono de voz que respete al resto del grupo; de que puedo ir y venir, caminar por el ambiente cada vez que así lo deseen pero que correr lo pueden hacer en el patio; de que puedo tomar el desayuno o beber un vaso de agua cada vez que lo desee y que luego lo tengo que fregar para dejarlo preparado para el siguiente compañero; de saludar y dar los buenos día o desear que pases una buena tarde o un buen fin de semana cuando toca; de saber que puedes mirar el trabajo de otro compañero, siempre y cuando respetes su concentración; de respetar todo lo que hay en el cole, porque desde el minuto cero que están con nosotros trabajamos con ellos que es un lugar comunitario donde todo nos pertenece a todos y que por lo tanto todos debemos cuidar y respetar, etc, etc, etc.

En definitiva, en una escuela Montessori se le da muchísima importancia a esa educación “que no se ve” pero que a la postre es la que crea ciudadanos responsables con su entorno y con su prójimo. Únicamente que el adulto sea consciente de la importancia de este trabajo es lo que posibilitará un cambio de paradigma educativo.

Fórmulas para esto no existen. Tampoco libros “milagrosos” ni “charlatanes educativos” que te hagan creer que tienen “la barita mágica” para resolver todos tus problemas en el aula. Repito, no existen. La única posibilidad de que esto pueda llegar “a buen puerto” es trabajo, constancia, rutina y que tú como adulto vayas tomando conciencia que eres un verdadero “ejemplo andante” que con tus actos siembras ejemplo en los niños. Esto, repito, no la vas a encontrar en ningún libro. Lo tienes dentro de ti. “Solo” te toca buscar y buscar. En ocasiones te producirá “dolores de cabeza”, en otras, llegarás a “rincones personales” tan profundos que simplemente mirarlos te supondrá un gran esfuerzo. Parte de la idea de que la vida, llegados estos “momentos tortuosos”, te está invitando a resetearte por dentro para poder seguir creciendo siendo consciente de quién eres. Aprovéchalo.

En ese camino estamos todas y todos los que un día decidimos adentrarnos en el método Montessori, el cual, poco a poco se fue convirtiendo en una filosofía de vida que nos invita a diario a no tener más pretensión que sentir y vivir lo que nos vamos encontrando por el camino.