Los seres humanos tenemos el gran problema de haber interiorizado que hemos nacido para ganarnos la vida y no para vivir, que vivir “en lo conocido” es una de las máximas de la totalidad de nuestra existencia. Esta “mentira existencial” supone el inicio de todos nuestros problemas.

Desde bien pequeños se nos prepara para ser competitivos y ambiciosos, muy pronto nos olvidamos de la importancia que tiene para un niño ser niño, y dirigimos sus acciones, dirigimos sus vidas, anulando por completo sus experiencias de vida, invitándolos “sin querer” a un proceso vital “ficticio”.

“La mente que es dependiente en el apego se vuelve irresponsable en su relación con el todo”

 

Jiddu Krishnamurti

Somos la única especie sobre el planeta con una experiencia de vida basada “en la mentira”. Todo el sufrimiento humano lo crea, curiosamente, el ser humano. Todos esos condicionamientos que “nos meten” en la cabeza desde bien pequeños, limitan y condicionan nuestras vidas, hasta el punto que es muy probable que “nos vayamos de este mundo” sin haber tenido ni tan siquiera un segundo real de esa experiencia vital a la que fuimos llamados.

Desde bien pequeñitos somos introducidos en el mundo de la tradición. Costumbres que pasan de generación en generación que limitan el cultivo de nuestra mente. A los adultos nos cuesta hablar sobre el peso de la tradición, sobre los condicionamientos que “nos han impuesto” desde muy jóvenes. Pero es mucho más simple que todo eso. Necesitamos entender cómo el pasado, o sea la tradición, ha conformado nuestras mentes y corazones. Profundizar en ese entendimiento, va a ser lo que poco a poco nos vaya llevando a la libertad de pensamiento. Hay un “tinglado” cultural montado para hacernos creer que nos tenemos que pasar la vida obedeciendo las órdenes que alguien nos dicta, y además hacerlo de tal manera que parezca que estamos enamorados de nuestras cadenas.

La tradición tiene un peso inmenso en nuestras vidas. La palabra “tradición” significa “rendir” o “entregar”. Dicho con otras palabras, una sociedad que fundamenta sus pilares en base a la tradición está constantemente mirando al pasado y olvida el presente. Se “rinde” y “entrega” su presente a expensas de lo que dicte su pasado.

En otras palabras y sintetizando esta idea, podríamos decir que al perder ese contacto con el mundo, al ser “extirpada” nuestra experiencia de vida fruto de tanto condicionamiento desde la infancia, también perdemos la relación con el mundo que nos rodea, aumentando la distancia abismal entre nosotros y el mundo en una serie infinita de conflictos.

Hoy, al igual que desde hace más de dos siglos, la sociedad y la comunidad educativa sigue instalada en la amnesia de no ser consciente cuál es el verdadero sentido de la educación. Educar no es aprobar exámenes. Educar significa que debemos ser críticos, no aceptando jamás aquellos que no hayamos visto “con nuestros propios ojos”, sin caer en la ignorancia que supone istalarse en repetir lo que otros dicen, sin ecperimentarlo, simplemente porque “otros” lo dicen. Hoy, al igual que entonces, el pensamiento no se cultiva en la escuela, se condiciona, y este es el punto de partida que los adultos no nos atrevemos a cambiar.

En el nacimiento de una nueva cultura donde todos estamos inmersos, el nuevo paradigma educativo no se proyecta como una empresa fácil. Sentir el vértigo de un vacío insoportable, añadido a las incertidumbres que los cambios conllevan, hacen que la educación del presente se convierta en un oficio de valientes.