El primer periodo de la vida es el de la adaptación. Debemos aclarar lo que significa adaptación en este caso y debemos distinguirla de la adaptación del adulto. La adaptabilidad biológica del niño es la absorción del lugar en que ha nacido

María Montessori

 

El periodo de adaptación en las escuelas suele ser uno de los “quebraderos” de cabeza más difíciles de solucionar para docentes, madres y padres y, sobre todo, para los niños que acuden por primera vez a un centro educativo. El principal motivo de ello, es que este periodo tan importante está más pensado para la organización de los adultos que de los niños. Resulta curioso cuando, en ese triángulo formado por docentes, madres-padres y niños, a los que menos se les tiene en cuenta es, precisamente, a los niños, quienes a la postre son los actores principales de este periodo de adaptación. Es, lamentablemente, una actitud bastante común entre los adultos el programar actuaciones para ser llevadas a cabo con niños sin contar con ellos.

Nuestras intenciones, de base, siempre suelen ser buenas. De base, digo, porque una vez entrado en debate “nos solemos desviar”, y lo que acabó comenzando como una propuesta para programar actuaciones en pro de los beneficios del niño, acaba siendo un triste debate sin propuestas donde dejamos ver nuestras más que notables deficiencias entre adultos. A priori, la solución suele ser muy sencilla: si de verdad nos preocupáramos en conocer al niño, sus verdaderos intereses y sus necesidades de desarrollo, seríamos capaces de programar de una manera mucho más acertada y eficiente. El problema es que la mayoría de las veces acabamos haciendo lo mismo que hicieron con nosotros. Nuestra pereza, nuestra comodidad, nuestros miedos, nuestra falta de interés o nuestros absurdos debates de adultos entre adultos, acaban prevaleciendo sobre los verdaderos intereses de los niños.

El niño posee una sensibilidad absorbente hacia cualquier cosa que exista en su ambiente, y sólo puede adaptarse mediante la observación y la absorción del ambiente

María Montessori

Analizando actuaciones realizadas en otros años, creemos interesante analizar las siguientes conclusiones:

Sobre el equipo docente. Un equipo docente debe programar con bastante antelación este periodo de adaptación, con el único objetivo de que sea un paso lo más llevadero posible y sobre todo placentero para los niños dada la importancia que este proceso tiene para ellos. Por lo tanto, ellos van a ser en todo momento nuestra principal prioridad. Vamos a planificar esos días de periodo de adaptación siendo los niños los principales protagonistas. He conocido casos tan aberrantes en escuelas que programan sus periodos de adaptación atendiendo únicamente a la letra inicial del apellido del niño, es decir, si el apellido de tu hijo/a empieza por la letra “A”, tu periodo de adaptación empieza el primer día de colegio; si, por el contrario, el apellido empieza por “V” o “Z”, el periodo de adaptación será viernes y por lo tanto solo tendrás un día para adaptarte al nuevo ambiente. Si te parece increíble, esta rutina se lleva a cabo en más escuelas de las que imaginas. Este es un claro ejemplo de cómo para algunos centros educativos es prioritario organizarse mejor de modo administrativo que atendiendo a la verdadera necesidad del niño.

La temporalización. Resulta un tanto absurdo por parte de los adultos decir que un periodo de adaptación va a durar un tiempo determinado. Como si los niños fueran máquinas que las encendemos y apagamos a nuestro antojo. Un niño es un ser humano único e irrepetible y, dependerá de muchos factores, que ese periodo de adaptación se prolongue más o menos en el tiempo. Eres capaz de respetar a una planta y sus tiempos de crecimientos y eres incapaz de hacer lo mismo con tu hijo o alumno. De ahí, la importante tarea de la observación. Una observación de los primeros días realizada con calma, a través de la cual veamos al niño siendo realmente quien es y podamos programar futuras acciones en base a esa observación. Esto nos va a dar cantidad de información, no solamente del niño, sino también de su entorno. A partir de esas observaciones, seguiremos planificando las futuras actuaciones.

Hacer una programación de la primera semana suele ser un recurso muy interesante. Esta programación comenzará con actividades donde participen madres, padres e hijos, y progresivamente, la idea es ir realizando actividades exclusivamente para los niños. De esta manera, realizado de una manera progresiva, se irá produciendo una “desconexión” natural del niño a sus familias e irá entrando en la rutina de la escuela. Por supuesto, evitar a toda costa eso de que la familia deje al niño en la escuela y se vaya inmediatamente. Sentir esa sensación de abandono es una de las peores cosas que la puede pasar a un niño de estas edades. Mucho cuidado con gestos como este, pues lo único que conseguiremos es crear sufrimiento innecesario y retrasar la adaptación del niño a la escuela. Con estas edades, los niños no tienen recursos sociales adquiridos para adaptarse a un nuevo grupo en apenas horas.

 

Las familias. Los adultos somos los que proyectamos cantidad de cosas, positivas y negativas, en los niños. A veces, este proceso de adaptación es, en realidad, mucho más difícil para madres y padres que para los niños. Los adultos, podemos ofrecerles calma a los niños, pero también nerviosismo; serenidad, pero también mucha inseguridad; podemos estar preparándolos para que comiencen a volar solos, pero también podemos estar cortándoles las alas para que no lo hagan. De nuestras acciones, gestos, actitudes, mensajes, comportamientos, etc., va a depender en gran parte cómo será este periodo de adaptación. No olvidemos que, como decía la Dra. Montessori: “Cualquier ayuda innecesaria por parte del adulto se convierte en un obstáculo para el desarrollo del niño”. He sido testigo de casos donde quien verdaderamente impedía la adaptación del niño al entorno, en este caso a la escuela en sus primeros días ¡eran sus propios familiares!

El adulto es, posiblemente, el elemento más importante para que el periodo de adaptación sea lo más placentero posible. Porque tú eres quien le hablas de que va a ir a la escuela; tú eres quien elijes el centro educativo (imagino) pensando siempre en un lugar que mejor satisfaga sus necesidades; tú eres quien lo despierta por las mañanas y quien le trasmite seguridad o le crea inseguridad; tú eres quien lo va a llevar de la mano, y quien lo va a agarrar fuerte nada más llegar o lo va a dejar libre para que se desarrolle solo y sea el niño quien de sus propios pasos; tú eres quien te debes de alejar poco a poco y no demandar su atención cuando ya compruebas que está “volando solo”; tú eres quien eres capaz de dar un paso atrás una vez estés comprobando que es feliz en ese lugar; en definitiva, tú eres quien tendrá que realizar un trabajo personal para saber en qué realmente estás ayudando a tu hijo y en qué, seguramente sin darte cuenta y sin querer, lo estás perjudicando.

La clase, el ambiente, el espacio. Un niño va a ser feliz en un lugar que satisfaga sus necesidades de desarrollo. Es de gran importancia que el niño, nada más llegar a la escuela, vea y compruebe que ahí hay un lugar preparado que va a satisfacer sus necesidades, que de primeras le llama la atención para estar en ese lugar. Un lugar que previamente ha diseñado un adulto que conoce las características y necesidades de desarrollo de los niños. Si ese espacio es así, si ese espacio llama la atención del niño, es muy difícil que no quiera estar ahí.

Lo que guía al niño es el maestro interior que le dice al niño para dónde ir, qué hacer. La adaptación significa felicidad, tranquilidad, equilibrio interno que se traduce en seguridad. La adaptación puede ser positiva y negativa. Positiva para el niño y negativa para el adulto, ya que éste tiene que deshacerse de su ambiente u olvidarlo para adaptarse del nuevo. Pero para el niño todo es nuevo, porque él no tiene que deshacerse de nada.