Hay una parte de la mente del niño que es inaccesible a los adultos (afortunadamente). La naturaleza, tan sabia ella, ha otorgado el privilegio a niñas y niños de mimar y custodiar la etapa humana más pura de la vida, impidiendo que ningún adulto pueda entrar en ella (afortunadamente también). Es un don que la naturaleza les ha dado, imprescindible para la infancia y su desarrollo, pues gracias a ello es como construyen y “sacan a florecer” su verdadera identidad. Así es como cimentan los pilares de su verdadera personalidad.

Las familias se sorprenden a diario, extrañados, cuando preguntan a sus hijos al llegar a casa: “¿Qué has hecho hoy en el cole?” y los niños, en muchas ocasiones, no responden nada; paralelo, la escuela pregunta a los niños “¿Qué tal el fin de semana en familia?” y estos apenas si dan algo de información al respecto.

En realidad, no es que los niños “no quieran decir nada”. Lo que ocurre es que ellos saben que el adulto espera de ellos respuestas que les interesa lo más mínimo darnos. Son muy conscientes de que sus sinceras respuestas no serán de nuestro interés. Nos encantaría que nos dijeran que están encantados de hacer raíces cuadradas, o que les apasiona saber cuáles son los ríos más caudalosos del globo terráqueo, pero en realidad no es así. Ese es el problema, que nos encantaría a nosotros los adultos, no a ellos. Nuestra necesidad no es su interés (afortunadamente).

La infancia es la etapa pagana por excelencia del ser humano. No entiende de razas, ni religiones, no saben si su amigo es rico o pobre, europeo o africano, cristiano o musulmán; no entiende por qué los adultos malgastan tanta energía en que aprendan a leer o escribir, en conocer los números o en conocer los países del mundo mundial. Todavía no han sido inoculados por los condicionamientos miserables del adulto. En estas edades, la naturaleza les ha otorgado la misión de que tienen que jugar, reír, llorar, saltar… Saben vivir plenamente la vida pagana (afortunadamente).

Un ser destinado a superar todos los obstáculos del mundo, es obligado a hundirse, resignado en la ociosidad y la perfidia”

María Montessori

Es un problema este que parece estar destinado a la eternidad. Si el mundo es dominado por adultos será muy difícil que estos puedan acercarse a la infancia al nivel que esta lo necesita. Los miedos, miserias y problemas de los adultos no tienen nada que ver con la metamorfosis continua e intensa en la que vive la infancia. El adulto no ha sido capaz de ver el potencial trasformador que la infancia tiene. Adultos e infancia viven vidas antagónicas.

No hablamos su idioma. Los adultos hace tiempo que olvidamos el lenguaje de la infancia o, mejor dicho, los condicionamientos a los que somos sometidos desde bien pequeños y que se van enquistando a medida que vamos creciendo, van podando progresivamente esa mirada limpia y plena que solo la infancia parece tener reservada para el ser humano. Ya nunca entenderemos su mundo infinito, pero a la vez resulta de vital importancia comenzar con este trabajo de acercarnos a la infancia de una manera seria y responsable para así poder conocer sus verdaderas necesidades y desde donde podamos cimentar nuevos pilares educativos.

Por el momento, no te preocupes mamá y papá; no te preocupes escuela. Afortunadamente, la naturaleza sigue haciendo su trabajo y siempre utilizará una lógica natural que ningún condicionamiento adulto podrá abortar. “Lo único” que tenemos que hacer es escucharla y, lo que parece más difícil para los adultos, respetarla.