Leo en un titular de prensa en los últimos días que “varias escuelas introducen la educación emocional como una asignatura más”. En el desarrollo de la crónica, mi asombro e interés aumenta cuando puedo leer que “se trata de una iniciativa pionera en España que aborda la Inteligencia Emocional como una asignatura más, impartida una hora a la semana, en el currículum de escolares de tres a cinco años”. La escuela demuestra, una vez más, tener un “máster” en eso de considerar como asignaturas lo que en realidad son necesidades biológicas para el ser humano.

 

Parece ser que la “moda educativa” de la actualidad pasa por implantar la “asignatura” de educación emocional en la escuela. Lo que no deja claro el artículo, y de ahí mi gran duda, es por quién y para quiénes será impartida tal asignatura, si de adultos a niños tal y como viene siendo habitual o más bien de niños a adultos que quizás sea” una puerta” que debamos empezar a abrir.

 

A “estas alturas de la vida” ya va quedando bastante claro que a la administración educativa parece encantarle eso de arreglar “tejados y fachadas”, y poco o nada se plantean que quizás, algún día, deberían entrar dentro de la casa a ver cómo esta se encuentra está en su interior.

 

A los adultos nos encanta parchear la realidad de las cosas; “nos pone” mucho eso de autoengañarnos, creyendo así que estamos actuando con responsabilidad. El sistema, que no es ajeno a esta “pasividad adulta”, actúa hábilmente, y a la más mínima que algo se pone de moda, lo coge, “lo explota como puede” sin un plan de actuación serio, responsable y que perdure en el tiempo y, pasado un tiempo, otra moda nueva vendrá.

 

“Todo cuanto parece contribuir a un progreso social entre los adultos, puede prescindir completamente, en la opinión común, de las necesidades vitales del ser infantil. El adulto ha visto siempre en la sociedad, en su progreso, solamente al adulto; y el niño ha quedado como un extra social, una incógnita en la ecuación de la vida”

María Montessori

 

Miren, yo creo que la educación emocional va mucho más allá de ser entendida como una asignatura más dentro del cuadriculado horario escolar. Para que pueda haber educación emocional debe haber un sistema educativo y los adultos que lo componen que, para empezar, sean emocionalmente estables; pasa porque la escuela dedique más tiempo en educar para la vida que en educar para conseguir un trabajo; pasa porque la escuela sea capaz de que, durante los 50′ que dura la clase de matemáticas, dedique matemáticamente el tiempo que sea necesario en atender el corazón del niño; pasa porque el sistema educativo, si de verdad está tan interesado en respetar emocionalmente a los niños, elimine la exclusividad que le dio a la iglesia católica como institución encargada de guiar algo tan importante como el camino espiritual de un individuo; pasa por quitar los boletines de notas y dejar de decirles a los niños que Antonio, que a día 15 de junio no sabe multiplicar por dos cifras, vales un 2 y que Elena, que sí sabe hacerlo, vale un 9; pasa por entender que un niño sentado durante toda la mañana es, sencillamente, antinatural para la especie humana; pasa porque cada mañana, cada docente, dedique unos minutos a saludar a cada uno de los niños, mirándolos a los ojos y, quizás así, pueda entender que con la cara de tristeza que trae hoy al cole será difícil que esté pensando en los polígonos y su clasificación según sus lados; pasa por entender que hay edades donde el juego es más importante que aprender los colores en inglés; pasa porque la administración “se deje de modas” y trabaje por bajar la ratio de las aulas, porque si un político o técnico de educación dicta desde su despacho que un adulto puede atender las necesidades académicas y emocionales de 25-30 niños en 50´ es porque es un irresponsable que nunca ha trabajado con niños; pasa porque las oposiciones al cuerpo de maestros no valore tanto la capacidad memorística de los aspirantes y tenga en cuenta otros aspectos como las aptitudes y actitudes emocionales de quienes a la postre “solo” van a desempeñar la labor profesional de educar a su sociedad; pasa porque el adulto entienda que un niño no puede estar todo el día académicamente ocupado, ocho horas en la escuela por la mañana más las restantes por la tarde en clases particulares. ¿Cuándo “conocen la vida” entonces?; pasa por tener claro que es absurdo que un niño tenga que pedir permiso para atender necesidades fisiológicas tan básicas como ir al baño o beber agua; pasa porque la escuela vea al niño como un ser humano con capacidades y necesidades biológicas y culturales a resolver y no solo como una parte del engranaje de un sistema industrializado que lleva a sus niños a la escuela única y exclusivamente para prepararse para conseguir un trabajo.

 

En definitiva, el trabajo emocional en la escuela pasa por muchas cosas que no responden a una moda. Pasa porque los adultos seamos responsables, sinceros y coherentes con nosotros mismos y reconocer que el trabajo emocional es absurdo trabajarlo como una asignatura más cuando el sistema se compone de rutinas y actitudes que contradicen el posible trabajo que pretendemos realizar; que no tiene sentido hablar de miedo o felicidad de 11 a 12 de la mañana cuando el resto del día no somos coherentes en nuestros actos y hacemos lo contrario a lo predicado en esa hora.

 

La infancia no entiende de horarios, ni de complacencias, ni de esa actitud del adulto de hacer cosas simplemente “por quedar bien” o porque “está de moda”. La infancia vive la vida con pureza y ríe o llora cuando toca hacerlo. La educación, como pilar de una sociedad, no cambiará y por lo tanto tampoco lo hará su sociedad, hasta que no experimente un cambio de paradigma, hasta que miremos con ojos de realidad cada momento de nuestras vidas.