Llega una época cada año donde la naturaleza invita al ser humano a liberar aquello que quiere desechar; quitar peso de su mochila durante un tiempo y dejarla libre para que pueda llenarse de nuevas experiencias y sensaciones. Llega una época cada año, donde el ser humano parece “no hacer caso” o “no querer ver” la invitación que la naturaleza le está haciendo. Ver a una hoja liberarse de un árbol podría ser símil de ver a un ser humano liberarse de lo aprendido para, precisamente, poder seguir aprendiendo.

Desde pequeños nos han contado eso de que en otoño es la época del año donde se caen las hojas de los árboles; y ya de adultos nos hemos visto en la obligación de reflexionar sobre si de verdad esto es así o, si lo que de verdad ocurre, es que la hoja se libera del árbol. Hace unos años escuché a José María Toro, maestro de maestros, hablar de esto. Fue durante mi época de estudiante en la universidad y hoy doy gracias por haber tenido aquella oportunidad de poder reflexionar sobre este planteamiento educativo.

Quienes tenemos la gran suerte de comenzar el año escolar coincidiendo con la entrada del otoño, tenemos la inmensa suerte de poder aprovechar esta época para mirar al niño e invitarlo a que se muestre tal y como es; invitarlo a que dedique tiempo a verse, a mirarse y a conocerse, porque solo de esta manera estará en consonancia con la invitación que le está haciendo la naturaleza: liberarse de quien fue para, después de una etapa de recogimiento y autoconocimiento, poder volver a resurgir con toda la vida que lleva dentro cuando llegue la primavera, aceptando de nuevo la invitación que la naturaleza le está haciendo.
Nos han educado (y se sigue educando) en que constantemente tenemos que estar siempre alerta, “dándolo todo” en todo momento; y nunca nos han educado en el respeto a los ritmos que dicta nuestra propia naturaleza. Hoy, un niño empieza “full” el día y lo termina de igual manera; hoy, las niñas y niños que acuden a las escuelas comienzan “full” el curso escolar y se les exige que mantenga ese ritmo a lo largo de todo el curso. Niñas y niños sufren el “sinsentido adulto” de ser estudiantes a jornada completa (más sus respectivas horas extras diarias).

Otoño es tiempo de recogimiento en la escuela, de conocer al niño y que el niño nos conozca a nosotros. Docentes y alumnos, al igual que lo hace la naturaleza, tenemos que aprender a sentir en primera persona qué significa eso de “soltar la hoja”. A vivir un tiempo de reflexión, de recogimiento, a “soltar” todo aquello que ya no necesitamos. Es tiempo de calma.

Desde aquellos años universitarios decidí implantar en mi metodología de trabajo estas “metodologías naturales”. Partimos de la realidad de que niñas y niños vienen de vacaciones después de haber estado una época de total libertad. Entendiendo esto, opté por tomarme estas primeras semanas de curso por invitarlos a “volver a situarse”. Que se sitúen, que se vuelvan a mirar. Es mi función confiar en que lo van a hacer, porque es su necesidad; es mi función creer en ellos, porque el paso de los días me van diciendo que ellos creen y necesitan de este espacio para poder “situarse”; es mi función saber que ellos lo necesitan, pero yo también.

La función del docente en otoño es la de “remover es tierra” que lleva dentro la infancia; dejarla en barbecho para que se pueda airear y, poco a poco, día a día, ir sembrando en ellos las semillas de sus necesidades. Regar a diario esas semillas durante estos meses de recogimiento, cuidar sus primeros brotes, mimar aquellas ramas que sabemos van a dar sus mejores frutos y eliminar las malas hierbas que a veces aparecen y que quitan alimento a esa planta llamada infancia. Solo si lo hacemos de esta manera, podremos estar preparados para la explosión de vida a la que nos invitará la primavera.

La naturaleza está ahí para ser escuchada y respetada. La naturaleza cuida a los niños de la misma manera que prepara un árbol para dar sus mejores frutos.