Cada vez que se aproximan periodos vacacionales escolares, estructurados estos dentro de las tradiciones cristianas, como es en las próximas fechas ocurrirá con la Semana Santa, suele ocurrir que los debates entre niños en la escuela al respecto se incrementan de una forma considerable.

Hace unos días, dos niñas debatían sobre la figura y hechos acontecidos referentes a la figura de Jesús de Nazaret. Entre dicho debate, se entremezclaron también la Virgen María, el Papa y unos supuestos hermanos del anteriormente citado Jesús. En este blog, ya hemos hablado en otras ocasiones sobre cómo tratar el tema de la religión en una escuela Montessori.

Es difícil describir en palabras “lo que aprende uno” cuando escucha las teorías puras de la infancia. En este caso, una de las niñas se postula “defensora” de la figura de Jesús, la Virgen María y “demás familiares” allí involucrados; la otra niña, no es tan partidaria de dichas teorías y “echa por tierra” cualquier argumento que le dice su amiga. Para ello, argumenta que, según le ha contado su mamá, “nada de lo que está diciendo es verdad”.

Escucho durante un largo periodo de tiempo, consciente de lo afortunado que soy de poder aprender de estos mis verdaderos maestros. Muy interesado por dicho debate (sin gritos, sin faltarse al respeto…ya podrían por cierto aprender algunos adultos lo que es debatir) y sentado próximo a ellas, escucho a una de ellas decir que lo que van a hacer es preguntarme a mí “cuál de las dos lleva razón”. Por un momento, siento que “tendré que sentar veredicto”.

Cuando acuden a mí, intento que sean ellas las que argumenten en un primer momento cada una su postura o creencias. Así lo hacen. Mi posición es en todo momento imparcial, pues hace ya un tiempo que, afortunadamente, “me autoextirpé” cualquier tipo de condicionamiento religioso en la escuela, a sabiendas que o esto lo hace uno mismo o será muy difícil que una sociedad inoculada al respecto te invite a ello, e interioricé que el respeto a las creencias religiosas de cualquier individuo debe prevalecer por encima de cualquier imposición ideológica o dogmática.

En estos días, al igual que ocurre en navidad, asisto “atónito” al comprobar como la escuela de un estado aconfesional se deja llevar por las tradiciones y “mete con calzador” una ideología religiosa en la escuela, inoculando así la infancia y perpetuando así la moral religiosa en la vida de muchas personas. Lo hace además en escuela donde cada vez la diversidad existente es mayor, y resulta curioso como la escuela, en vez de aprovechar esta diversidad para enriquecerse y programas acciones de tolerancia y respeto, se posiciona claramente y aparta a todo aquel que no “pasa por su aro”.

La escuela nunca debería posicionarse por ninguna doctrina ni dogma religioso, menos aún la de un estado laico. Nunca. Educar significa “sacar o extraer aquello que un individuo lleva dentro” y, que yo sepa, ningún ser humano viene a la tierra con la moral religiosa ya impuesta genéticamente desde el embarazo. Es algo que apenas nos planteamos, y que la escuela reproduce con una ceguera y una pasividad realmente preocupante.

Si en dicho debate entre estas dos niñas yo hubiera sido un “adulto ávido”, más interesado en adoctrinar que en educar, me hubiera podido posicionar por alguno de las dos posturas, mostrando así a una de las niñas que su idea “es equivocada”, pues tanto su amiga como su maestro piensan lo contrario, y lo que nosotros dos pensamos “es lo correcto”. Pero no lo he hecho. He preferido trasmitirles el mensaje de que, afortunadamente, en el mundo hay personas que tienen necesidades espirituales muy diversas y, que, por encima de todas ellas, tenemos la obligación cada uno de nosotros de respetar cada una de ellas si, de la misma manera, nosotros queremos ser respetados.

Creo que es el mensaje más digno y honesto que, como educador, puedo transmitir a mis alumnos al respecto y en la escuela. Luego, en casa, y esto lo puedo repetir “mil veces”, que cada familia se decante por la necesidad espiritual que quiera.

Si queremos una sociedad diferente, eduquemos diferente; si queremos seres humanos que respeten la diversidad de la vida, eduquemos desde bien pequeños en que entiendan la importancia de respetar las decisiones espirituales o de cualquier otra índole de cada uno de los habitantes de este planeta, siempre y cuando estas no perjudiquen la integridad moral y física del resto de la sociedad.