La educación fue, es y, muy probablemente, seguirá siendo un “quebradero de cabeza” para todas las sociedades mientras no seamos capaces de planificar bajo una acción consensuada colectiva, sin atajos. No puede ser que la educación sea siempre un problema social. El sistema político basa su pensamiento en resultados cortoplacistas, y este es un grave problema, pues prefieren sus intereses al bien común. Planificar a corto plazo nunca podrá tener buenos resultados cuando hablamos de procesos que únicamente tendrán resultados positivos si se proyectan en el tiempo a décadas vista, y nunca a cuatro años o lo que dure una legislatura política. El verdadero compromiso requiere pensar a largo plazo.

Soy de los que piensan que la escuela y la universidad necesitan de una “gran revolución”. Que las sociedades únicamente cambiarán cuando detrás se esté trabajando en educación de una manera digna y respetuosa con el ser humano, donde no haya cabida para personas que lo único que quieren es defender sus intereses personales. Comparto cincos puntos clave sin cuyo trabajo y erradicación es muy difícil que pueda existir un cambio real acorde a las verdaderas necesidades y demanda de la sociedad y de los que deberían ser los principales protagonistas de cualquier sistema educativo, las niñas y niños.

Urge transmitir a estudiantes, familias y docentes la importancia que tiene ser conscientes que la escuela de hoy se fundamente en pilares oxidados y caducos. Que el embrión del sistema educativo que impera a día de hoy, en plena revolución tecnológica, nació hace unos 200 años, durante la revolución industrial, donde familia y comunidad fueron sustituidas por estado y mercado. Una escuela, la actual, que bebe de la idea de la ilustración de que la humanidad tenía todo el conocimiento condensado en la enciclopedia, por lo tanto, la función principal de la escuela sería y sigue siendo la de transmitir esos conocimientos. Hoy, en pleno S.XXI, las realidades son muy distintas. Necesitamos nuevas propuestas educativas.

No podemos seguir defendiendo el absurdo pensamiento de que todos los niños de la misma edad tienen los mismos intereses, saben lo mismo y aprenden al mismo ritmo; que las niñas y niños no tienen nada en la cabeza, y nosotros (docentes) les vamos a transmitir todo lo necesario para ser adultos autónomos. Si sabemos que no tiene ningún sentido, ¿por qué motivos la escuela continúa planificando sus días bajo esta premisa?

La escuela no puede basar su día a día en darle más importancia a aspectos burocráticos que pedagógicos; el estado, de una manera muy mezquina, no puede seguir manteniendo el papel de “miserable mensajero” que dicta qué conocimientos impartir ¡BASTA YA!; y la figura de los docentes, en un gran porcentaje, no puede basarse en ser estrictos aplicadores a través de los libros de texto de esta transmisión. Así, siendo de esta manera, básicamente podríamos decir que la escuela pública es considerada como una delegación administrativa del estado.

Una oposición al cuerpo de Maestros no puede basarse en pruebas donde prime más conocimientos memorizados que habilidades que tengas como persona encargada de custodiar lo más noble de una sociedad, que es su infancia. Entenderás ahora mejor por qué nunca en este proceso de oposiciones no te van a exigir que acredites habilidades de trabajo con niños. Lo único que te requiere el proceso es que memorices muy bien una serie de temas, que los “vomites” en un examen y que posteriormente defiendas una programación que nunca has aplicado con niños pero que tiene que convencer a un grupo de adultos.

Entenderás ahora también mejor que, una vez dentro, para un centro prima más la movilidad que el proyecto educativo. Que “estés bailando” de un centro en otro; que no puedas desarrollar tu labor profesional hasta bien pasados unos años, pues es absurdo considerar que un interino que está unas semanas o meses cubriendo una baja en una escuela pueda conocer al grupo de niños al que tiene enfrente. ¿Cómo es posible que la administración acabe ninguneando a los docentes de esta manera? Sinceramente, dice mucho de una sociedad cuando la administración trata de esta manera a sus docentes que, a la postre, son los encargados de crear su sociedad.

Dice “El Principito”, que “Todos los mayores han sido primero niños (pero pocos lo recuerdan)”. Nunca deberíamos perder el referente de la infancia; nunca deberíamos convertir en respetable lo inaceptable. Debemos ser sensatos y honestos, darnos cuenta que el mundo en que vivimos es una extensión de nosotros mismos.