Montessori y la importancia de una educación que respete al ser humano en plena revolución tecnológica

Montessori debería tener ya una sede en Silicon Valley. O mejor dicho, Silicon Valley y todo lo que está empezando a significar toda su estructura en la sociedad en que vivimos, debería dejar un espacio muy importante a metodologías educativas como Montessori. Y de ello bien saben Sergey Brin y Larry Page, fundadores de Google y exalumnos Montessori.

No es de extrañar pues, que la religión de un futuro muy próximo tenga su principal sede en Silicon Valley; o que la humanidad de un futuro muy presente tenga como sus dioses a Steve Jobs y compañía.

Educar en el adoctrinamiento, en la sumisión, hace que un ser humano, desde muy pequeñito, se acostumbre a hacer lo que otros les dicen que haga. En un proceso educativo que, si sumamos los años de universidad, puede llegar a durar los primeros 20 o 22 años de nuestras vidas (nada más, y nada menos) hace que, simplemente, llegados a la edad adulta, uno prácticamente no sepa desenvolverse por sí mismo y necesite de las directrices de otros para poder “actuar”.

En más de una ocasión en este blog, hemos hablado de lo curioso que resulta observar en nuestro alrededor con amigos y familiares el proceso evolutivo que nosotros mismos vamos teniendo en nuestras vidas, donde pasamos de ser jóvenes atrevidos con ganas de cambiar el mundo (y además, convencidos de ello), a adultos acomodados reproduciendo ese mismo modelo social que tanto hemos criticado. No es de extrañar que ocurra esto llegada la adultez, más aún cuando hemos sido seres humanos dependientes en todo momento de algo o alguien.

Nuestro modelo educativo, el de hoy, el que se sigue desarrollando en la era de la revolución tecnológica en pleno S. XXI, sigue sustentado por las bases de un sistema educativo que se desarrollaba allá por mediados del S. XVII y principios del S.XVIII, en plena era del Despotismo Ilustrado. Si, aunque te parezca un absoluto disparate, sigue siendo así. Dicho modelo, en plena época de guerras, pretendía crear a un ciudadano sumiso para poder así ser fácilmente manipulable por otros. De ahí, que no es de extrañar la afirmación de la que hablábamos al comienzo de este post, donde decíamos que la religión del futuro tendrá su sede en Sillicon Valley.

Los seres humanos pasamos entre 20 y 22 años de nuestras vidas dentro de un sistema educativo que no nos deja actuar, y, por lo tanto, nos acaba convirtiendo en seres dependientes, en seres que necesitaremos de la dirección de otros para “actuar”. Llegados a adultos, donde el sistema educativo “nos lanza a la calle”, continuamos siendo el mismo tipo de ser dependiente pero ahora, “sin nadie que nos dirija”. Ahí es donde aparece en nuestras vidas “el gran poder de la tradición” que, muy ávida y a sabiendas de nuestras necesidades de dependencia, nos invita a “entrar en su casa”. De ahí, que no es de extrañar como de adultos pasamos rápidamente a convertirnos en individuos reproductores del modelo social por mucho que lo hayamos criticado apenas unos años antes. No sabemos actuar por nosotros mismos y necesitamos que alguien dirija nuestras vidas.

Vivimos en la tradición, porque nos resulta fácil y cómodo vivir en la tradición. Ahí uno no tiene que pensar, ni cuestionar, pues gran parte de la base de la tradición se basa en aceptar y obedecer, curiosamente lo mismo que un sistema educativo ha hecho con nosotros durante tantos años de nuestras vidas.

La tradición que básicamente organiza nuestra sociedad tiene su base en la religión, pero hoy en día, en plena revolución tecnológica, comienza a tener menos adeptos. Frente a este modelo de tradición religiosa en decadencia, y en consonancia con la era en la que nos encontramos, la revolución tecnológica y sus tentáculos parece estar convirtiéndose en la verdadera religión del futuro, basándose, sencillamente, en que frente a ella tiene únicamente a un grupo de miles de millones de seres humanos con una necesidad tremenda de depender de algo o alguien.

Aquí, en este punto, es donde cobra gran importancia líneas educativas como las que nos ofrece el método Montessori, quien aboga, en todo momento, por crear seres independientes, capaces de valerse por sí mismos, capaces de conocerse y de actuar en su ambiente aprovechando todas las potencialidades que el ser humano trae consigo. Va a suponer un gran reto, del que aún desconocemos sus dimensiones, para aquellos quienes confiamos en las potencialidades del ser humano, avaladas por millones de años de evolución, mantener este principio en una era donde los principios tecnológicos se van aproximándose cada vez más a darle más importancia a los seres artificiales que a los humanos.

Es un gran reto el que poco a poco parece estar avistándose en el horizonte, que no es otro que continuar confiando en la especie humana. Los gobiernos no tienen ninguna intención de cambiar sus sistemas educativos. Su “ignorancia” al respeto y su supervivencia basada en sistemas capitalistas dependientes de las grandes corporaciones, hacen que se limiten a continuar en esta peligrosa línea de “ignorancia educativa”, sin ser conscientes de la que “se nos viene encima”.

A diferencia de otras épocas donde la tradición acababa enganchando al ser humano bajo premisas o dependencias espirituales, la época actual deberá hacer reflexionar al ser humano acerca de la peligrosidad que tiene para nuestra especie ser absorbidos por una tradición tecnológica futura que fundamentará sus principio en hacer un ser dependiente a la tecnología, a lo artificial, dejando por lo tanto de confiar en la especie humana y en las características y potencialidades que millones de años nos avalan.

Tecnología y progreso sí, evidentemente. Pero en primer lugar siempre el ser humano.

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