No queremos cambiar la educación y esta es la razón

Díganme cuantas veces han escuchado a un adulto decirle a un niño eso de que “vosotros sois la nueva generación”. Pero en realidad, los adultos sabemos que no es así, porque no queremos sociedades nuevas, preferimos que los niños se amolden a nuestras sociedades y así mantener y perpetuar un sistema aun a sabiendas de que es un sistema decadente, un sistema que humanamente que deja mucho que desear. Preferimos, por lo tanto, que sean seres mecánicos que encajen en el modelo de sociedad ya existente. Algún día en algún lugar de este mundo habrá una generación de adultos “valientes” capaces de creer y llevar a cabo ese dicho de que “vosotros sois la nueva generación”. Ese día, comenzará a producirse la transformación social que hoy deseamos pero que por miedo no somos capaces de llevar a cabo.

Cambiar la educación, al igual que cambiar las sociedades, está en la mano de los adultos, y lo sabemos. Nos podremos pasar toda nuestra vida (de hecho, creo que lo haremos) echándole la culpa a los políticos de lo mal que está la situación, de que ellos son los responsables de lo mal que va todo, pero ambos sabemos, que a esos políticos los hemos puesto en ese lugar tú y yo, y que tú y yo somos sociedad, y que tú y yo, si queremos y sin miedo, podemos modificar la sociedad en que vivimos. Cambiar la educación, al igual que cambiar las sociedades, requiere primeramente de un trabajo personal de los adultos donde reconozcamos las miserias interiorizadas de la educación recibida y así, desde ese punto, poder iniciar el tan ansiado proceso de transformación. Recurrimos con demasiada frecuencia a eso de “yo he sido educado así y tampoco estoy tan mal”, y detrás de ello se esconde un miedo y una irresponsabilidad a dar un paso para hacer de nuestra generación de adultos, una generación que un día fue valiente y dejó todo por construir una sociedad mejor.

Soy de una generación que hace apenas unos años soñaba con poder, algún día, materializar las letras de esas canciones reivindicativas que cantábamos; o que, “grito en el cielo”, asistíamos a manifestaciones contra la guerra o causas sociales reivindicando y convencidos de que otra sociedad era posible. Tan convencidos estábamos, que éramos “muy conscientes” que el cambio vendría de nuestras manos. Soy también de la generación, que pasados apenas unos años de aquello, se siente solo al comprobar lo fácil y “misterioso” que resulta eso de “unirse al rebaño” y, aun sin estar convencidos de ello, comenzar a pensar aquello de que “las cosas son como son y yo solo no las puedo cambiar, así que mejor me dejo llevar”.

Cada vez escucho más voces que me hablan sobre “asociarme” con determinados círculos sociales que puedan opinar como yo, que eso me hará sentirme menos solo, más fuerte, pero me niego a ello. Me niego porque en ese momento estaríamos haciendo dos bandos que nada saben de su existencia el uno del otro. Por un lado, los que piensan que la sociedad es como es y que yo tengo que vivir mi vida así; por otro, los que piensan que las cosas son modificables en tanto en cuanto haya personas que así lo crean. Dos bandos, como todo en esta vida, los buenos y los malos. E inexplicablemente, nadie por el medio que sea capaz de tener un criterio lógico, de consonancia con la vida, un criterio humano. Pasará la vida y los dos bandos seguirán existiendo, mirándose de reojo el uno del otro. Y así, pasarán nuestras vidas…

Cuando uno decide “unirse al rebaño”, la mente se nubla y como por arte de magia el peso de la tradición predomina frente a cualquier cuestionamiento. Seguimos llevando a los niños a las escuelas a pesar que no paramos de escuchar que nuestro modelo educativo es un auténtico fracaso y ni siquiera dedicamos un minuto del día a preguntarnos ¿a qué van los niños a las escuelas? Todas y todos queremos un cambio educativo hasta que llegamos a esa línea roja que nos dice que eres tú ahora quien tiene que ser valiente para luchar por una educación afín más a los intereses del niño que a los intereses del sistema, y en esa línea roja, un gran porcentaje de los que creían en el cambio “se echan para atrás”. Pero no lo hacen solos, pues en su huida temerosa y miserable, intentan llevarse por delante a aquellos que resisten en el cambio. Curioso resulta observar como son los propios compañeros docentes los que hacen “la vida imposible” a aquellos compañeros que quieren realizar acciones educativas en pro del beneficio del niño en la escuela pública, haciéndolos sentir “bichos raros”.

Miedo, tenemos mucho miedo, esa es la única razón. Necesitamos una educación que elimine el miedo en su día a día. Necesitamos liberarnos del miedo, pero no solamente de una manera teórica o ideológica, sino de una manera profunda y verdaderamente interna. Solamente de esa manera, podremos convertirnos en seres humano diferentes, podremos convertirnos en una nueva generación creando una nueva cultura.

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